domingo, 27 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
ΝΕΣΤΩΡ Ι ΕΚΤΩΡ
La antorcha que sostenía chisporroteaba, soltando humo que hacia llorar los ojos, yo caminaba detrás, pisando allí por donde aquel hombre sorprendentemente ágil pisaba mientras me advertía que, en la cueva, muchas piedras estaban cubiertas todo el año de una fina capa de agua que las hacía muy resbalosas. Contaba que las columnas de la cueva, que a mí me parecían hechas por los mismísimos dioses, no eran más que agua ¡tan quieta Que solidificaba convirtiéndose en pura piedra!
Dicaiópolis, era un hombre mayor, de casi sesenta años, delgado y con una tupida barba blanca, más o menos rizada. Siempre nos reunía a mí y a nueve discípulos más en aquella cueva tan maravillosa, que tenía una pequeñísima entrada y un largo y angosto pasillo, pero una sala con una bóveda imposible de construir por los hombres, abarrotada de dientes, algunos de los cuales llegaban a tocar otros semejantes del suelo de la sala, formando columnas que parecían sostener la sala, pero que Dicaiópolis nos aseguraba que eran solo agua que estaba quieta desde que los dioses y los titanes se disputaban el cosmos.
De los nueve éramos seis muchachos de entre veinte y diecisiete años de edad y los otros cuatro rondarían los veintiocho o los treinta, no lo sé, pero todos compartíamos algo muy especial, que también compartía nuestro maestro Dicaiópolis; la curiosidad por el funcionamiento de cada mecanismo de Gea, la naturaleza. Allí nos reuníamos, y el maestro nos planteaba una reflexión, nos planteaba una pregunta, que mediante el diálogo y la reflexión con nuestra pareja debíamos responder a la semana siguiente. Las parejas estaban formadas por dos discípulos que mantenían una relación más estrecha que con los demás, y que durante la semana debían buscar la respuesta primero y preparar luego una exposición convincente de la hipótesis ante los compañeros.
Aquel día yo llegué el último, Dicaiópolis me había estado esperando en la entrada de la cueva con la antorcha, y ahora recorríamos el pasillo en dirección a la gran sala donde cada semana hacíamos nuestras exposiciones y luego él nos enseñaba la verdadera respuesta si es que la tenía, o nos leía algún texto de Aristóteles, Platón o algún otro gran pensador de los que hacía unos años habían enriquecido el saber en las tierras helénicas.
Cuando llegamos a la sala estaba todos hablando fuerte riéndose y bebiendo algo de vino que habían llevado, Héctor, mi compañero, me recibió con una mirada cómplice, saludó respetuosamente tendiéndole el antebrazo a Dicaiópolis, y luego me abrazó fuertemente.
- Néstor! Hoy les convenceremos!-me dijo.
- eso espero Héctor.
Nos sentamos justos, apoyados en una piedra, deseosos de escuchar el mito que nos contaría hoy Dicaiópolis para plantearnos la pregunta de esa semana.
Dicaiópoplis nos mandó callar con un movimiento lento de la mano, y todos obedecimos ansiosos de escucharle. Él, sin que ninguno lo esperáramos, alzó la voz algo más de lo normal diciendo “¡ECO!” a lo que una voz respondió un par de veces repitiendo lo mismo por distintas cavidades y pasillos de la cueva. Aquello no nos sorprendió, todos los niños habíamos jugado a llamar a esa vocecilla en el ágora cuando estaba vacía o en el teatro de nuestra ciudad, o en los acantilados o cuevas del campo.
“Hace mucho tiempo”, empezó a contar, “vivió un Joven muy apuesto llamado Narciso, tan bello que muchas muchachas y muchachos lo desearon,(en ese momento, Héctor me miró cómplicemente con una nerviosa sonrisa) pero tan cruel fue el orgullo de éste que no pudo fijarse en ningún joven ni ninguna doncella pues nadie lo impresionó. Un día vagando por el campo con un grupo de amigos, se separó sin querer y quedó por un momento perdido de ellos. Eco una ninfa que castigada por Juno, solo podía repetir lo último que decían los demás, al verlo se enamoró. Pero al acercarse al bello joven, éste huyó corriendo, diciendo que antes moriría que dejar que alguien se adueñara de él. Rechazada la ninfa fue muriendo sin morirse, se fue consumiendo poco a poco primero la carne y luego los huesos y al final sólo quedó de ella, en las piedras, su Voz.”
lunes, 14 de diciembre de 2009
ΕΛ ΝΩΡΤΕ ΠΕΡΔΙΔΟ
A veces pierdo el norte, hay veces q no sé hacia donde tengo que ir, y lo peor es que sé que ni si quiera me interesa donde está el norte, sencillamente pierdo mis objetivos... a pesar de eso todo puede ir bien, todo viento en popa. Pero el barco no tiene brújula y el cielo está nublado, o sencillamente no sabe a q puerto dirigirse, la mente no tripula el barco, el corazón es el místico timonel, irracional, caprichoso e impredecible... A este timonel le gusta navegar los días de tormenta, con la mar agitada, el riesgo, las velas llenas de sentimientos q mueven el barco a marchas forzadas casi a punto de romper los cabos q las unen al barco, olas de dudas y problemas amenazan por hundir el barco. Y es entonces cuando el timonel se esfuerza por mantener su rumbo, cuando la tripulación pone más empeño en mantener los cabos bien atados y el barco a flote, cuando el barco encuentra su verdadero "norte".
domingo, 13 de diciembre de 2009
Laureles de gloria, Corona de espinas.
"Apolo quiso competir con Cupido en el arte de lanzar flechas. Cupido, molesto por su arrogancia, ideó vengarse de él. Para ello, lanzó al hermoso dios una flecha de oro, que causa un amor inmediato a quien hiere; por el contrario, hirió a la ninfa Dafne con una flecha de oro, que causa el rechazo amoroso. Así que cuando Apolo vio un día a Dafne se sintió herido de amor y se lanzó en su persecución. Pero Dafne, que sufría el efecto contrario, huyó de él. Y la ninfa corrió y corrió hasta que agotada pidió ayuda a su madre, la cual determino convertir a Dafne en laurel. Cuando Apolo alcanzó a Dafne, ésta iniciaba la transformación: su cuerpo se cubrió de dura corteza, sus pues fueron raíces que se hincaban en el suelo y su cabello se llenó de hojas. Apolo se abrazó al árbol y se echó a llorar. Y dijo: "Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria"
sábado, 12 de diciembre de 2009
Discurso Sobre Eros

[...]"Si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad una patria o un ejercito de amantes y amados, es imposible que administraran mejor su patria, y si combatieran juntos tales hombres vencerían, por pocos que fueran, a todo el mundo. Porque un hombre enamorado soportaria sin duda peor ser visto por su amado abandonando la formacion o arrojando las armas que serlo por todos los demás, y antes de eso preferiria mil veces morir. Y, desde luego, dejar abandonado a su amado y no socorrerlo si se halla en peligro... nadie hay tan cobarde a quien el propio Eros no inspire valor suficiente para equipararse al más valiente por naturaleza. El vigor que inspiran, como dijo Homero, los dioses en algunos héroes, Eros lo procura a los enamorados como algo nacido de si mismo.
Además no solo los hombres, también las mujeres y de eso tambien la hija de Pelias, Alcestis, proporciona suficiente testimonio en apoyo de tal argumento, ya que fue al unica que estubo dispuesta a morir por su esposo a causa de su amor. Al actuar asi , les pareció no solo a los hombres si no a los dioses, que habia realizado una accion tan hermosa que, a pesar de que son muchos los que han realizado cosas hermosas,solo en contados casos han concedido los dioses que su alma regrese del Hades como a Alcestis. así, ¡los dioses valoran por encima de todo el empeño y la virtud en el Amor!
a Aquiles, lo honraron y lo llevaron a las islas de los bienaventurados, porque, pese a estar advertido por su madre de que si mataba a Hector moriria y encambio si no lo mataba volveria a casa y moriría de viejo,tuvo el valor de preferir, por vengar a su amante Patroclo, no solo morir por él si no incluso morir por él una vez este habia acabado ya sus días.
Asi pues, en lo que a mi respecta, sostengo que Eros es el mas antiguo de los dioses, el de mayor dignidad y el más eficaz para ayudar a los hombres, tano vivos como muertos a adquirir virtud y felicidad."[...]

