miércoles, 16 de diciembre de 2009

ΝΕΣΤΩΡ Ι ΕΚΤΩΡ

La antorcha que sostenía chisporroteaba, soltando humo que hacia llorar los ojos, yo caminaba detrás, pisando allí por donde aquel hombre sorprendentemente ágil pisaba mientras me advertía que, en la cueva, muchas piedras estaban cubiertas todo el año de una fina capa de agua que las hacía muy resbalosas. Contaba que las columnas de la cueva, que a mí me parecían hechas por los mismísimos dioses, no eran más que agua ¡tan quieta Que solidificaba convirtiéndose en pura piedra!

Dicaiópolis, era un hombre mayor, de casi sesenta años, delgado y con una tupida barba blanca, más o menos rizada. Siempre nos reunía a mí y a nueve discípulos más en aquella cueva tan maravillosa, que tenía una pequeñísima entrada y un largo y angosto pasillo, pero una sala con una bóveda imposible de construir por los hombres, abarrotada de dientes, algunos de los cuales llegaban a tocar otros semejantes del suelo de la sala, formando columnas que parecían sostener la sala, pero que Dicaiópolis nos aseguraba que eran solo agua que estaba quieta desde que los dioses y los titanes se disputaban el cosmos.

De los nueve éramos seis muchachos de entre veinte y diecisiete años de edad y los otros cuatro rondarían los veintiocho o los treinta, no lo sé, pero todos compartíamos algo muy especial, que también compartía nuestro maestro Dicaiópolis; la curiosidad por el funcionamiento de cada mecanismo de Gea, la naturaleza. Allí nos reuníamos, y el maestro nos planteaba una reflexión, nos planteaba una pregunta, que mediante el diálogo y la reflexión con nuestra pareja debíamos responder a la semana siguiente. Las parejas estaban formadas por dos discípulos que mantenían una relación más estrecha que con los demás, y que durante la semana debían buscar la respuesta primero y preparar luego una exposición convincente de la hipótesis ante los compañeros.

Aquel día yo llegué el último, Dicaiópolis me había estado esperando en la entrada de la cueva con la antorcha, y ahora recorríamos el pasillo en dirección a la gran sala donde cada semana hacíamos nuestras exposiciones y luego él nos enseñaba la verdadera respuesta si es que la tenía, o nos leía algún texto de Aristóteles, Platón o algún otro gran pensador de los que hacía unos años habían enriquecido el saber en las tierras helénicas.

Cuando llegamos a la sala estaba todos hablando fuerte riéndose y bebiendo algo de vino que habían llevado, Héctor, mi compañero, me recibió con una mirada cómplice, saludó respetuosamente tendiéndole el antebrazo a Dicaiópolis, y luego me abrazó fuertemente.

- Néstor! Hoy les convenceremos!-me dijo.

- eso espero Héctor.

Nos sentamos justos, apoyados en una piedra, deseosos de escuchar el mito que nos contaría hoy Dicaiópolis para plantearnos la pregunta de esa semana.

Dicaiópoplis nos mandó callar con un movimiento lento de la mano, y todos obedecimos ansiosos de escucharle. Él, sin que ninguno lo esperáramos, alzó la voz algo más de lo normal diciendo “¡ECO!” a lo que una voz respondió un par de veces repitiendo lo mismo por distintas cavidades y pasillos de la cueva. Aquello no nos sorprendió, todos los niños habíamos jugado a llamar a esa vocecilla en el ágora cuando estaba vacía o en el teatro de nuestra ciudad, o en los acantilados o cuevas del campo.

“Hace mucho tiempo”, empezó a contar, “vivió un Joven muy apuesto llamado Narciso, tan bello que muchas muchachas y muchachos lo desearon,(en ese momento, Héctor me miró cómplicemente con una nerviosa sonrisa) pero tan cruel fue el orgullo de éste que no pudo fijarse en ningún joven ni ninguna doncella pues nadie lo impresionó. Un día vagando por el campo con un grupo de amigos, se separó sin querer y quedó por un momento perdido de ellos. Eco una ninfa que castigada por Juno, solo podía repetir lo último que decían los demás, al verlo se enamoró. Pero al acercarse al bello joven, éste huyó corriendo, diciendo que antes moriría que dejar que alguien se adueñara de él. Rechazada la ninfa fue muriendo sin morirse, se fue consumiendo poco a poco primero la carne y luego los huesos y al final sólo quedó de ella, en las piedras, su Voz.”


J.M.E.E.

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